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jueves, 19 de julio de 2012

Cualidades personales de un(a) buen(a) consejero(a)


El(la) consejero(a) es un instrumento de cambio y la percepción que el cliente tenga de él es más importante que sus métodos o teorías. Por ello es importante que posea una personalidad que genere confianza, respeto, apoyo y libertad. Nystul (2005) propone doce características que todo consejero debe poseer.
Alentador(a): que fomente esperanza y promueva el potencial del cliente para que este crezca y se desarrolle. Debe creer y transmitir que cada cliente tiene el potencial para cambiar y realizarse.
Artístico(a): que sea sensible y responsable y a la misma vez creativo y flexible. Que se adapte a las necesidades de su cliente y le demuestre humanidad y cercanía cuando manifiesta sus sentimientos.
Estabilidad emocional: tener conciencia que sus clientes podrían tener serios problemas de salud mental y es necesario evitar crearle confusiones e inseguridades. Un consejero jamás utiliza a un cliente para resolver sus propios problemas.
Empático(a): ser sensible a los estados emocionales del cliente, ser capaz de comunicarlos y comprenderlos para alentar al cliente a asumir su vida. La empatía es esa habilidad de sentir con y como el cliente, de entrar en el mundo del cliente y comprender sus percepciones de la realidad.
Autoconocimiento: tener conocimiento de sus propios límites y necesidades. Debe tomarse el tiempo para pensar y reflexionar sobre sí mismo y su vida.
Abierto(a): comunicar con libertad sus pensamientos y sentimientos para ayudar al cliente a abrirse. La apertura del consejero permite la apertura del cliente porque este percibe que quien lo ayuda es sincero. Un consejero no se escandaliza de su cliente sino que lo escucha atentamente.
Valiente: para reconocer que se es imperfecto, pero auténtico y competente. Un consejero siempre revela su propia personalidad y es coherente en sus palabras y acciones.
Posee una imagen positiva de sí mismo a nivel personal y profesional y la transmite a sus clientes. Tiene la capacidad de cuidarse, aceptarse y buscar el bien para sí mismo.
Paciente: reconocer que el proceso de ayuda es muy complejo y requiere esfuerzos significativos para escuchar y dirigir una conversación.
Sin prejuicios: no impone sus valores, creencias o ideas al cliente sino que se compromete en ayudarlo, entusiasmarlo por la vida y transmitirle optimismo. Sin embargo, es capaz de comunicar con sinceridad sus propios pensamientos y sentimientos.
Es una persona realizada: le gusta lo que hace y se esfuerza por dar lo mejor de sí. Posee la habilidad de actuar aquí y ahora en la relación de ayuda.
Tolerante: ante las ambigüedades o incoherencias que se puedan dar en el proceso. Un consejero nunca sabe con certeza cuál es el mejor método para su cliente o que ocurrirá durante una sesión.
Referencias:
Nystul, M., (2005). Introduction to counseling. Pearson Education



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